domingo, 3 de mayo de 2009

Libro: “El espacio Vacío” – El teatro agonizante

El teatro agonizante significa mal teatro. El reto es que puede aparecer en cualquier lugar. Es un teatro que además de no inspirar o instruir, tampoco divierte. Por su impureza(1), el teatro es calificado de prostituta, calificativo que ahora cobra otro sentido: “las prostitutas cobran y luego abrevian el placer”.

Elteatro agonizante se apodera fácilmente de obras clásicas pues, pese a toda la parafernalia que suele acompañar a la obra, esta resulta extremadamente aburrida. Mucha forma arcaica y anacrónica y poca conexión con el público. Muchas veces se presume erróneamente que la cultura implica un cierto grado de aburrimiento.

¿Cómo distinguir lo agonizante en el arte? Lo agonizante es evidente en otros campos. Se puede distinguir en una persona o en un animal y diferenciarlo de la muerte. El problema es que “tenemos menos experiencia en observar cómo una idea, una actitud o una forma pueden pasar de lo vivo a lo moribundo.” Como sugerencia, alguien puede exigir que se interprete la obra “como está escrita”, lo cual tiene sentido. Por desgracia, el texto solo dice lo que se escribió en el papel, no cómo se le dio vida en otro tiempo. Imitar formas externas de interpretación solo perpetúa el ademán y lo hace vacío.

Además, decir  “interprete lo que está escrito” es un consejo que tiene un problema fundamental: en el papel solo están las palabras a pronunciar. Brook lo explica así:

“Una palabra no comienza como palabra, sino que es un producto final que se inicia como impulso, estimulado por la actitud y conducta que dictan la necesidad de expresión. Este proceso se realiza en el interior del dramaturgo, y se repite dentro del actor. Tal vez ambos son sólo conscientes de las palabras, pero tanto para el autor como luego para el actor la palabra es una parte pequeña y visible de una gigantesca formación invisible.”

Y luego añade que el único modo de encontrar el verdadero camino para la pronunciación de una palabra es mediante un proceso que corre parejo con el de la creación original. Este proceso no puede pasarse por alto ni simplificarse. Interpretar un texto de una manera “romántica”, “noble” o “heroica” es el camino más seguro para llegar al teatro agonizante. Esos adjetivos no tienen un significado absoluto.

“En un teatro vivo nos acercaríamos diariamente al ensayo poniendo a prueba los hallazgos del día anterior, dispuestos a creer que la verdadera obra se nos ha escapado una vez más. Por el contrario, el teatro agonizante se acerca a los clásicos con el criterio de que alguien, en algún sitio, ha averiguado y definido cómo debe hacerse la obra.”

El teatro se debe renovar; es en sí un “arte autodestructor”. Desde el primer día de la temporada de una obra “algo invisible comienza a morir”. La vida es movimiento, el actor se ve sometido a influencias al igual que el público por lo que el teatro debe llevar huellas de las influencias que lo rodean. No puede permanecer estático. Sin embargo, hay muchas barreras para lograr un teatro vivo.

Un ejemplo de esa barrera es la económica. Obras de teatro que tienen que comenzar pronto, para las cuales se ensaya poco pues no hay tiempo, cojea desde el principio.

La preparación de los actores puede ser parte de esa barrera:

“Los cantantes y a menudo los bailarines no se apartan de sus maestros; los actores, una vez lanzados, no tienen nada que los ayude a desarrollar su talento. En cuanto alcanzan cierta posición, dejan de estudiar.”

“Compárese lo poco que cuesta –en términos generales- encontrar trabajo en muchos teatros del mundo con el mínimo nivel de preparación que se le exige, por ejemplo, a un concertista de piano. […] En comparación con ellos [los profesores de música], la mayor parte de nuestro trabajo está a un nivel de aficionados.”

El crítico puede ser parte de esa barrera. Tiene que tener una idea de cómo puede ser el teatro en su comunidad y revisar esa idea según cada experiencia que vive. Debe disfrutar con el teatro, amarlo y poner en riesgo su creencia sobre el rol del teatro cada vez que participe en un hecho teatral.

El dramaturgo puede ser parte de esa barrera.  Primero está la dificultad para escribir una obra adentrándose en personajes opuestos. Luego la necesidad de lograr la difícil vinculación entre el mundo de la experiencia interior con el exterior. Finalmente, el reto de estar en un tiempo en que los medios como el cine y la televisión han acostumbrado al público a juzgar instantáneamente una escena, por lo que las formas convencionales ya no tienen validez.

El director puede ser parte de esa barrera. Brook dice que en cierto sentido es un impostor pues “no conoce el territorio y, no obstante, carece de elección, ha de guiar y aprender el camino mientras lo recorre.” Hay ciertas trampas que esperan por él para convertirlo en agonizante: la repetición de fórmulas, métodos, chistes y efectos viejos. En su lugar, deben partir desde cero cada vez y preguntarse la verdadera razón del por qué y para qué las ropas y la música.

El público puede ser parte de esa barrera. Pasa cuando aplaude mediocres puestas escénicas simplemente porque le agradan los trajes o cambios de decorado o por la belleza de la primera actriz.

El problema de encontrarse con un teatro agonizante es verlo en el fondo y no en la cima de sus posibilidades. Al decir agonizante no se quiere decir muerto sino algo deprimentemente activo y, por lo tanto, capaz de cambio.

Finalmente, las preguntas vitales son:

¿Por qué, para qué el teatro? ¿Es un anacronismo, una curiosidad superada, superviviente como un viejo monumento o una costumbre de exquisita rareza? ¿Por qué aplaudimos y a qué? ¿Tiene el escenario un verdadero puesto en nuestras vidas? ¿Qué función puede tener? ¿A qué podría ser útil? ¿Qué podría explorar? ¿Cuáles son sus propiedades esenciales?

(1) Afirmación de Brook, no entiendo exactamente a qué se refiere al decir que el arte del teatro es impuro.

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